Porque, como decía Lenin —que, si bien era un zurdo reventado, a veces decía cosas interesantes y merece ser escuchado—: «Sin teoría revolucionaria, no puede haber un movimiento revolucionario”.
Javier Milei
«Quien con monstruos lucha cuide de convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti».
Friedrich Nietzsche
El hombre
Culto, brillante, formado en los más distinguidos centros de estudio, amante de la lectura, reconocido por sus pares, osado, tenaz y creativo, Federico Sturzenegger le da al mileísmo el invaluable activo de la legitimidad intelectual. Recibe, a cambio, una licencia para hacer prácticamente lo que quiera. El Ministerio de Desregulación es la realización más plena de ese intercambio.
Como un Licurgo a contramano, Sturzenegger tiene a su cargo la tarea de desatar los mil nudos legales que mantienen inmovilizado y amordazado al individuo argentino, cual rehén en el baúl de un auto. Con un ministerio que es prácticamente una emanación de su personalidad, tiene total derecho de parafrasear a Luis XIV y decir “el ministerio soy yo”.
Si se tiene en cuenta, además, su pasado en gestiones previas, una de las cuales estalló por los aires, es difícil imaginar a alguien que se encuentre en una situación más perfecta. Es como si todo lo anterior hubiera sido una preparación para este momento estelar, inimaginable hace unos años. El hombre está en su kairos, en su momento justo y único, que no se dio antes ni se va a repetir después. Lo sabe y no lo va a desaprovechar.
Cuenta, además, con la ventaja de tener un enemigo indefendible. Nadie duda de que Argentina está tomada por una metástasis de mafias y negocios espurios, cobijados en los dobleces de legalidades caóticas y superpuestas a lo largo de las décadas, amparados por el sistema político y las instituciones. Ni siquiera quienes son beneficiarios de esas redes semi clandestinas de drenaje de los recursos pueden decir o hacer mucho para oponerse. Y sin bien es cierto que una parte de esa telaraña de decrepitud financia y sostiene también al movimiento político al que pertenece Sturzenegger, hasta el momento el hombre pudo mantener el reflejo de mirar a otro lado, como una silenciosa y transitoria concesión a la hydra de lo real.
El hecho de que haya, en la vereda del frente, monstruos auténticos, hace que el accionar del ministro luzca razonable y justificado. El contexto, sin embargo, le permite perder los frenos inhibitorios con los que el republicanismo tiende a contener los bajos instintos liberales.
El viento de cola que le dan las pretensiones revolucionarias y casi mesiánicas de Milei lo habilitan a verse a sí mismo con unas facultades extraordinarias, sin límites. No es imposible que en su fuero interno se sienta como un gran artista realizando su obra maestra.
Si bien no tiene el poder de ejercer de manera directa las rectificaciones que propone, dado que lo detiene la independencia del Poder Legislativo, sí está en posición de someter la totalidad de las leyes del país a la auditoría de su credo liberal. Todo lo que no se ajuste con esa visión de las cosas deberá ser rectificado, por más ínfimo que sea, sin necesidad de consultar a los actores afectados.
Como nadie en la historia reciente del país, Sturzenegger está preparado para tirar al bebé con el agua sucia.
El caso
La llamada “Ley de Protección a la Actividad Librera” es una regulación que fue consensuada por el sector privado, que ninguno de los actores de ese sector está objetando, que generó reglas del juego que permitieron el desarrollo de cientos de emprendimientos que no le cuestan un centavo al Estado y que está lejos de ser una anomalía argentina, puesto que hay varios países desarrollados que tienen legislaciones similares.
No solamente existen ejemplos virtuosos del funcionamiento de este tipo de legislaciones sino que también existe el contraejemplo negativo, que es el de Inglaterra, cuyo mercado pasó de un esquema de precio único a otro de competencia de precios, con consecuencias nefastas para el sistema editorial. Todo lo cual, por cierto, está documentado y certificado por estudios académicos.
Todo iba bien con esta ley hasta que llegó Sturzenegger y envió un proyecto al Congreso para derogarla. A fin de ilustrar los razonamientos con los que el ministro discute estas cuestiones, comparto más abajo el texto íntegro de una publicación suya en X, en polémica con el periodista Luis Novaresio:
“Una vez más me encuentro en las antípodas del pensamiento de @luisnovaresio que habla de crueldad por querer derogar la Ley 25.542. Me pregunto si Luis habrá leído lo que dice la ley. Me imagino que no, porque la ley que proponemos derogar solo prohíbe que se ofrezcan descuentos sobre los libros. Sí…, lo que leíste (y no es un fake): en Argentina existe una ley no te permite vender libros baratos, te obliga a venderlos a un precio uniforme en todo el país. Me contaba un librero amigo que en la última feria del libro quería vender las Crónicas de Narnia a 40.000 pesos, y que blandiendo esta ley lo obligaron a subirlo a 99.000 por ser el único precio admitido.
Me pregunto en que planeta de que universo, podría uno oponerse a que los libros lleguen más baratos a los consumidores. Me pregunto cómo puede ser que alguien piense que se defiende la cultura con libros caros e inaccesibles. Crueldad es, a nuestro entender, emitir leyes que perjudican al consumidor. Y para quienes amamos la lectura en todas sus formas una ley que encarece los libros nos parece un pecado capital.
¿De dónde surge entonces esta diferente visión de quienes queremos que la cultura se difunda y llegue a todos en total libertad? Nosotros queremos eso y voy a asumir que Novaresio también. Pero la diferencia de visiones radica en donde se pone la centralidad. El presidente @JMilei pone la centralidad siempre en el individuo y su libertad. Desde esa perspectiva derogar esta ley es una obviedad, por el sencillo motivo que permitirá el acceso a libros más baratos. Novaresio no se interpela sobre el acceso a la cultura del individuo, de las familias, de los niños y adultos, es decir en proteger y facilitar el acceso a la lectura, sino que defiende la renta de un eslabón del negocio. Digo renta, porque obviamente hoy el sistema les ahorra la molestia de competir, cuando la competencia simplemente los obligaría a ofrecer más productos y a mejores precios. De hecho, no se entiende porque Novaresio piensa que eso los haría desaparecer. Simplemente tendrían que competir como hacen muchas otras actividades. Y ni siquiera está en juego la bibliodiversidad, que hoy en día se garantiza por canales electrónicos.
En definitiva, la discrepancia es profundamente cultural. Es la diferencia entre quienes defienden a un sistema y los intereses de ese sistema, o de quienes defendemos y protegemos al individuo. Es la diferencia entre defender un negocio protegido por una ley, o pensar en la gente. La ley que el presidente @JMilei está por mandar al Congreso promete este debate en varios frentes: farmacéuticos que defienden su negocio versus un presidente que defiende el acceso a la salud, corredores inmobiliarios que cuidan su quinta, versus reducir el costo de las transacciones inmobiliarias, un esquema por el que nos quedamos sin navegación vs. reducirle los costos de producción a nuestros productores. Esta ley promete este debate en múltiples frentes, porque ataca decenas de negocios que solo existen porque el poder autoritario del Estado empobreció a los argentinos para que esos negocios puedan existir. En el caso puntual que motiva esta reflexión es por la cultura y por la libertad que proponemos la derogación de la Ley 25.542. Quizás un día Luis repare en el ciudadano común, ese día seguramente coincidirá con nosotros. VLLC!”
Veamos ahora algunas cuestiones en este texto. Allí puede verse claramente cómo el único criterio que orienta la decisión de derogar la ley es ideológico. No hay ninguna evaluación de los efectos reales que la ley tuvo en los veinticinco años que pasaron desde su promulgación. No hay ningún dato, ni estadística, ni análisis de lo ocurrido. “El presidente @JMilei pone la centralidad siempre en el individuo y su libertad. Desde esa perspectiva derogar esta ley es una obviedad”, con eso alcanza. Es una obviedad.
A esto se agrega que la protección del precio del libro implica una renta para las librerías. Literalmente habla de “la renta de un eslabón del negocio”, como si las librerías estuvieran recibiendo dinero de forma directa por el hecho de no poder subir o bajar los precios.
Es muy elevado el nivel de abstracción de la realidad cotidiana que hay que tener para considerar que un librero argentino de este siglo es una persona privilegiada que recibe una renta, como si fuera un sindicalista corrupto o un ñoqui del Estado. Igualmente elevado es el nivel de cinismo que hay que tener para señalar el precio de los libros como un problema, en un país en el que la gente necesita tener dos trabajos para llegar a fin de mes. En Argentina, lo único que no está caro son los sueldos. Eso no es culpa de las librerías, es culpa de los sucesivos gobiernos que tomaron malas decisiones de política económica. Gobiernos, algunos de ellos, ¡que tuvieron a Sturzenegger como funcionario!
Presentar la cuestión como si los precios altos fueran la consecuencia de una renta que reciben las librerías es una tergiversación malintencionada e inadmisible. Esa tergiversación no es solamente el resultado de la aplicación burda de un criterio ideológico, es también un intento de encauzar el tema en el binarismo oportunista de la batalla cultural, anulando de antemano cualquier objeción razonable bajo el criterio de considerarla el ataque de un enemigo.
Por otra parte, es preciso señalar que la constitución del precio del libro está condicionada por el costo de producción y logística de distribución del mismo. No por la buena o mala voluntad de los vendedores, tal como pretende con evidente mala fe el ministro. El punto de venta representa entre un treinta y un cuarenta por ciento del precio final. De ese margen, cuando la venta es online, se descuenta entre un 10 y un 15% por la comisión de la plataforma. Por lo cual el margen que queda para hacer descuentos es muy reducido. De esto se deduce que la potencial baja del precio que produciría la desregulación es muy discutible.
A su vez, si los precios no pudieran bajar de forma significativa habría que evaluar el escenario de que la derogación de la ley termine funcionando como un estímulo para la ilegalidad. Puesto que con los precios liberados, quien se encontraría en una posición ventajosa para competir mediante grandes descuentos sería el vendedor que obtiene libros robados. Siendo Argentina y no Suecia el país en el que se está discutiendo la cuestión, la posibilidad de un incremento de la ilegalidad debería ser contemplada.
En otro pasaje, Sturzenegger declara: “Me pregunto en que planeta de que universo, podría uno oponerse a que los libros lleguen más baratos a los consumidores.” La respuesta es simple, y él la sabe, en países como Francia, España, Alemania o Corea del Sur. Todos los cuales tienen legislaciones que protegen la industria editorial. En términos personales, trabajando como librero en París, puedo dar crédito de la vitalidad y la importancia que posee el ecosistema del libro protegido por una ley semejante a la nuestra, en una economía desarrollada y capitalista como la francesa. En ninguno de esos países se busca que los libros sean más caros.
Otro punto que resulta sorprendente es la afirmación de que a las librerías “hoy el sistema les ahorra la molestia de competir”. Es difícil aceptar la incapacidad del obispo desregulador para entender que el precio único del libro no elimina la competencia sino que la eleva, dado que las librerías efectivamente compiten unas con otras en términos de calidad de atención y oferta cultural.
Porque no pueden competir en términos de precio, los libreros argentinos están obligados a tener mejores librerías, más provistas, con mejor atención y con una agenda de actividades variada y original que pueda atraer a la clientela. Esa competencia es, a su vez, creadora de un valor simbólico que beneficia a la comunidad. Esto es algo reconocido y señalado por la totalidad de los integrantes del mundo del libro, sean o no libreros, sean o no argentinos.
¿Por qué Sturzenegger, que es capaz de imaginar una materia oscura económica que incluye al know how de una empresa como activo invisible de los Estados Unidos, tal como hizo en un célebre paper, no puede comprender que las librerías argentinas generan con su incesante actividad un valor invisible que enriquece a todo el circuito del libro local?
El contraste entre la puerilidad de los argumentos presentados por el ministro y su reconocida capacidad intelectual deja pasmados a los diversos integrantes de la industria del libro que intentan dialogar con él. Sturzenegger no solamente no retrocede ante la evidencia, sino que ni siquiera se toma el trabajo de refutarla. Repite maniqueo el dogma de la libertad del individuo. Menciona a modo de ejemplo algo que le dijo un librero amigo suyo, cuando del otro lado le presentan estudios académicos. Y remata refiriendo que la derogación propuesta no solamente afecta al mundo del libro sino también a la industria farmacéutica, la inmobiliaria y la navegación. Vale decir que los mismos criterios rigen para todas las industrias. Vender libros es lo mismo que vender medicamentos o casas.
Después, en las redes, operan las huestes asalariadas que se hacen eco de sus argumentos, repitiéndolos a coro, variando los decibeles de vulgaridad, horrores de ortografía y hallazgos de redacción. Operan con la misma lógica con la que los infiltrados profesionales aparatean una asamblea.
La paradoja
El intento por derogar la Ley del Libro es un caso testimonial de lo que ocurre cuando uno se cree capaz de adoptar la perspectiva del absoluto, haciendo que un punto de vista válido pero relativo ocupe el lugar de la totalidad. Desde allí arriba todos los gatos son pardos y los libreros se convierten en los privilegiados de un sistema injusto que empobrece al resto de la población.
Es posible que Sturzenegger se convenza internamente de estar trabajando para consolidar una economía de mercado que haga de la Argentina un país desarrollado. La paradoja consiste en que lo que él hace es justamente lo contrario de lo que se hace en los países desarrollados. Porque no puede haber ningún desarrollo si no existe un grado aceptable de calidad institucional.
Él pretende cambiar las reglas de una industria sin necesidad de consultar a los actores de esa industria, hacerlo incluso en contra de la voluntad manifiesta de todos esos actores y sin alegar mayor argumento que un dogma ideológico, sin estudios, sin datos, sin analizar escenarios posibles ni contemplar consecuencias.
Lo más sintomático no es su ignorancia sobre el tema sino la convicción que tiene de que esa ignorancia no es un problema. Sturzenegger no sabe cómo funciona la industria del libro y no considera que tenga que saberlo. Es ese nivel de soberbia y arbitrariedad por parte de las autoridades lo que hace que Argentina no llegue nunca a tener instituciones serias y respetables.
Por otra parte, la estrategia de incluir el tema dentro de la llamada “batalla cultural” lo único que logra es rebajar aún más el nivel de la discusión, dejando que la complejidad del tema quede fagocitada por la simplificación de consignas y slogans que nada tienen que ver con lo que se está discutiendo. La pretensión de estar realizando una revolución de derecha altera cualquier tipo de análisis, tergiversa los argumentos y tiñe las perspectivas con un único color.
Sturzenegger abandonó el pensamiento técnico, sutil y refinado que se esperaría de alguien con su formación para reemplazarlo por la simplificación de una consigna ideológica, la polémica de redes con escolta a su favor y la ostentación de su propia ignorancia. Confía más en la imposición de una consigna por la fuerza de la repetición que en la persuasión de un argumento en el debate de ideas. Cada vez se parece más a todo aquello que siempre creyó combatir.
Para terminar, recordemos que el mayor mérito de la Ley de Protección a la Actividad Librera fue generar un mínimo marco de previsibilidad en el país de lo imprevisible. Y funcionó. Sin ayudas ni estímulos estatales y contra todas las vicisitudes. Hasta que a un funcionario se le ocurrió que eso estaba mal, que no encajaba con la teoría. Y que había que corregirlo.
Cegado por sus propias virtudes y ensordecido por la corte de aduladores e insultadores que lo rodea, Sturzenegger no se da cuenta de que sus propias acciones contribuyen a incrementar el problema que intenta solucionar. Si Argentina es un desastre, es porque cada uno que gobierna se siente absoluto y actúa como si lo fuera.
Hasta que deja de serlo.
Por Dario Semino
Darío Semino es escritor y librero. Miembro original de la Libre, reside actualmente en Francia y trabaja en la librería Cien Fuegos, en París. Se pueden leer textos suyos en www.orbislibris.com


