Cerca de la savia, de Marina do Pico

A Maya el mundo de la adultez no la va a recibir intacta. A ella, el umbral entre la infancia y eso que llaman madurez la detendrá en preguntas y la volverá otra. ¿De cuántas palabras, silencios, pausas y formas está hecha la adolescencia?

Como un decir y desdecir, como cuestionamiento y desafío de una etapa que no es un simple paso, la autobiografía de ella se nos despliega sin distancia. La leemos frágil, deseante, aturdida, sensible. Desde bordes diferentes a la cordura, sin decir esquizofrénica.

La leemos con obsesiones personales. Su tía Felisa como vínculo familiar y muestra de ello, una mujer que la antecede y le ayuda a ubicarse en su linaje, su locura y amor por la lectura de escritoras.

De fondo siempre hay música que acompaña la levedad o el peso de cada momento, canciones obsesivas que se repiten hasta el cansancio en compañía de su padre. Sutiles hondas que le recordarán momentos de baile y noches familiares donde era feliz sin saberlo.

Maya se desmorona y se vacía por completo, aprende en esa profundidad, en ese ambiente que llega a enrarecerse. En esa etapa de silencios suspendidos, vuelve a adquirir forma, otra forma, una que no está escrita y tal vez nunca terminará de escribirse porque avanzar, retroceder, hacerse un camino ante la espesura nunca será fácil ni lindo.

Queda el hermoso gesto poético de haberla leído y vivido donde aprendemos a estar, permanecer y aguardar.

Reseñó: Adriana Mendoza

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