Mis amigos, de Emmanuel Bove

La soledad acecha a las personas desde la aparición de las más antiguas partículas de la conciencia (momento infinitamente misterioso e inaprehensible). Los judíos, los cristianos, los persas, los indios, los mayas, han concebido complejas religiones, inseparables del ejercicio del poder, pero que originariamente sirvieron como defensa contra esa soledad intolerable que acecha desde lo más profundo de la existencia. Una de las muchas cosas que ha producido el complejo siglo XX, es el haberle revelado a las personas ese estado de orfandad originario, que hoy mismo se esconde detrás de las sutiles y complejas distracciones del capitalismo triunfante. La literatura, ese registro universal de las almas particulares, no ha pasado por alto esa orfandad, y ha creado, a partir de ella, dos novelas memorables: La náusea y El Extranjero. Pero la memoria, a veces imperfecta y otras injusta, olvidó durante un tiempo la novela que prefiguró a aquellas dos, y que anunció cómo se asomaba en las crecientes y tumultuosas ciudades aquella orfandad afectiva: hablamos de la novela Los amigos, del escritor francés Emmanuel Bove, que hoy ofrecemos.

Walter Benjamin escribió que episodios como la primera guerra mundial habían dejado a nuestra facultad lingüística en estado catatónico: un horror improcesable nos había vuelto incapaces de narrar nuestras historias. Giorgio Agamben añadió décadas más tarde que la complejísima experiencia de la vida en el laberinto de nuestras ciudades es ya una experiencia inenarrable. Esto es, precisamente, lo que anuncia Víctor Baton, el narrador y protagonista de la novela del escritor francés, que hoy es rescatado con justicia. En el comienzo de su relato vamos avanzando línea tras línea sin que nada parecido a un acontecimiento suceda, y, sin embargo, como hipnotizados, no podemos abandonar la lectura: es como si intuyéramos, en la lenta melancolía de la narración, que la compleja trama de sentidos que vuelve al mundo un lugar seguro y familiar, está resquebrajándose; es como si intuyéramos, con un terror que no podemos abandonar, que ese lugar seguro y familiar que sería el mundo no es, en realidad, otra cosa que una ficción que poco a poco se debilita y que podría dejar al protagonista en la más absoluta de las soledades. El derrumbe de esa ficción sería narrado minuciosamente luego en las mencionadas novelas de Camus y de Sartre.

Sospechamos entonces que todas las verdades que habían gobernado al mundo hasta entonces perdieron para el protagonista su autoridad. Ahora podemos recordar la célebre frase del Quijote, que luego usaría Borges en su Pierre Menard para ilustrar la filosofía del pragmatismo: “…la verdad, cuya madre es la historia…”. He ahí la orfandad del protagonista, pues aceptar la inexistencia de verdades es asumir un altísimo grado de vulnerabilidad frente al mundo hostil e incognoscible. Del reconocimiento de esa condición huérfana que todos padecemos y que el protagonista de Los amigos pone de relieve, nacerían poco después las filosofías de la existencia: acechaban, junto con nuestras orfandades, las respuestas filosóficas de Heidegger, de Sartre, de Camus, de Jaspers. Así, el personaje de Los amigos es un arquetipo que nos permite pensar esa indigencia existencial en la que nos reconocemos en ciertos momentos en los que se asoma el intolerable hecho que amenaza con apoderarse de la vida de este personaje: no existe valor alguno que nos redima de la soledad y de la muerte.

Heidegger, a contramano de la tradición filosófica de occidente, postuló que la relación primaria y fundamental de cualquier persona con el mundo es esencialmente afectiva, no intelectual. La puesta en jaque de todas las ideas con status de verdad, que consciente o inconscientemente practicamos hasta desembocar en lo que se denomina la posmodernidad, han producido un cierto desarraigo afectivo, que se acusa pronunciadamente en Víctor Baton. Habíamos dicho que a éste parecía que nada le acontecía: lo que en realidad le sucede es que sus afectos no pueden echar raíces en ninguna persona y en ningún lugar.

Decir más es decir demasiado en una reseña. Dejamos al lector, ahora, que conozca la soledad de Víctor Baton.

Reseñó: Martin Marchione

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