Rally de Santos de Ángeles Alemandi

El mundo y la vida son, ciertamente, cosas incomprensibles. Hasta donde alcanza nuestra conciencia, hemos dotado a uno y a otra de un sentido trascendente: los elementos naturales convertidos en poderosas voluntades, la moral erigida en un juez supremo, que todo lo ve y que juzga implacablemente a cada ser humano tras su muerte, la idea del destino y de seres que lo tejen mucho más allá de nuestra conciencia, la idea de la historia como un pasado y un futuro exactos, que son percibidos de inmediato por un ser que abstrusamente puede darnos la clave de los hechos que se avecinan, la realidad física como una ilusión que se esfuma cuando nos deshacemos de nuestros sentidos y de nuestras inútiles voluntades y la posterior disolución en una unidad perfecta, encarnaciones supremas de la libertad y de la justicia, que iluminan a las almas oprimidas y sufrientes, seres que confieren la felicidad cuando abandonamos esta existencia de faltas y de ausencias y de necesidades, seres cuya razón de ser es crear e introducir en esa existencia los medios que nos permiten sobrevivir e incluso ser felices, planetas simbólicos cuyas energías rigen la suerte de nuestros días.

Detrás de todas esas invenciones, y detrás, también, de nuestros hábitos, y de la tecnología, y de nuestras palabras, y de la televisión y de la radio y de los libros y de la risa y del olvido, y detrás, digámoslo así, de absolutamente todo lo que hacemos cada día, está el horror de la muerte, y de la incomprensibilidad del universo y del mundo y de la vida. La inconsciencia en que felizmente esas invenciones nos colocan, es interrumpida a veces por un hecho que nos devuelve a ese horror originario. Ese hecho, que es inherente a la vida (que habíamos entendido mal y falsamente y que nunca podremos entender) puede ser, por ejemplo, el cáncer.

De ese hecho inadmisible para la conciencia, que derrumba todos los edificios metafísicos y todos los universos de sentido que hemos construido y que seguimos construyendo cada día, nace esta novela. Es patente en su narración lo que en otras no lo es tanto, aunque no hay ninguna en la que esto no se dé: su centro, o motivo, o razón de ser está presente en todas y cada una de sus palabras, y en su combinación y en la organización de su estructura. Ese centro, o motivo, o razón de ser es, en este caso, una contradicción desgarradora, la más profunda e irresoluble de las contradicciones.

La protagonista, a quien le toca encontrarse con esta realidad inexplicable, narra esa contradicción sin reservarse sus terribles implicancias: los cambios en el cuerpo, la falta de un lenguaje que permita comunicar a un niño la naturaleza y el destino de esta experiencia (la falta, en realidad, de un lenguaje que permita comunicar a cualquiera los motivos y los posibles finales de esta experiencia), el intolerablemente incierto desarraigo del mundo y de la vida y el conocimiento de los elementos esenciales que luchan en la raíz misma de su ser: el amor y la protección materna, el temor y el temblor que sacuden la convicción acerca de la infinitud de este afecto y la presencia intolerable de la muerte, las verdades y las mentiras de la fe, la posible soledad definitiva y la intolerable nada, la pulsión de proteger y de impulsar y de perpetuar la vida.

Este libro suspende nuestras certezas y nuestra capacidad de razonar los hechos. Los más oscuros abismos (la posible degradación definitiva del cuerpo, la extinción de los afectos y de las esperanzas y de las ilusiones y de toda realidad en la oscuridad de la muerte) acechan en sus palabras, a través de las cuales la protagonista regresa a los momentos esenciales de su historia, y adquiere un conocimiento más profundo de las personas que la han acompañado y del sentido de sus días, y se sumerge en lo más irracional e intolerable de la vida.

El lector que se adentre en estas páginas, se sumergirá asimismo en lo irracional y en lo inconcebible, y tratará de afirmar, como la protagonista, el originario impulso vital que nos trajo a este mundo, el hogar y los afectos que hacen que éste no sea un espantoso vacío, y los deseos y las pasiones, que son la más soberana afirmación de la vida. De esa lucha, la más antigua de todas y acaso la esencial y en la que se cifra todo destino, trata este libro.
Gabriela Cabezón Cámara escribió que Rally de Santos es una epopeya del amor materno; es también, acaso, una epopeya de los más primitivos impulsos vitales y de una mujer que se afirma en ellos y en el valor y en el sentido de su pasado y que se enfrenta a las oscuras realidades originarias hacia la que todo se dirige, a pesar de sí, con el más antiguo e irresuelto terror.

Rally de Santos, Ángeles Alemandi; Editorial La Parte Maldita; 2020; 144 páginas.

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