Cuarentenario con Natalia Ortiz Maldonado

Para poder compartir las sensaciones que aparecen en este aislamiento, entrevistamos a escritorxs, editorxs y seres amigues de La Libre, para poder reflexionar entorno a lo que vivimos en estos días de encierro. Hoy: Natalia Ortiz Maldonado, editora de Hekht libros.

¿Qué estás leyendo y qué tienes en tu lista de lecturas?

Suelo estar leyendo muchas cosas a la vez, caótica y apasionamente en la mayoría de los casos. Hay una mesita con pilas de libros: los que estoy leyendo, los que quiero leer, los que estoy leyendo y quiero continuar, los que estoy leyendo y no deseo terminar de ninguna manera pero por oscuras razones no paso a la biblioteca. También está la lista de los libros que debo salir a cazar por la ciudad. Con todas estas salvedades, podría decir que estoy leyendo: La frontera (Quignard), Teoría literaria feminista (Toril-Moi) y Teofanía (Walter F. Otto). También podría decirse que en mi lista de lecturas está Cerca del corazón salvaje (Lispector), Escritos subversivos (Jonathan Swift) y Las Confesiones de la carne (Foucault). Tendría que mencionar también los libros que siempre se están leyendo, especialmente la poesía, cuya lista sería interminable. Nunca leí un libro de poesía de principio a fin, acudo a ellos con sed y luego de libar algunos versos, los abandono.

¿Estás escribiendo? ¿de manera ordenada? ¿caótica? ¿a través de ejercicios de escritura?

Leer y escribir me suceden como vibraciones orgánicas, mezcladas entre sí, insistentes. Estoy escribiendo, sí, aunque demasiado indisciplinadamente como para llamar a algo de todo esto que tengo ante mí “ejercicio de escritura”.

¿En qué proyectos inconclusos o por arrancar estas aprovechando tu tiempo en estos momentos?

Se nos insta a ser productivxs: escribir, leer, mirar películas, escuchar música, aprender idiomas origami cocina filosofía yoga, visitar museos a través de las redes. Se nos dice que deberíamos aprovechar el tiempo para ser más productivxs (aún). En esa pulsión cultural hay algo profundamente inquietante. Por un lado, porque desde hace décadas la cultura, esa bestia encantadora y vil, nos conmina a “generar contenidos” que deben ser originales e inteligentes, contenidos que puedan circular rápidamente en formatos digitales. El capitalismo es, desde hace años, un capitalismo de la información que procura la circulación de flujos (semióticos, afectivos, informáticos), y que gobierna vidas/pasiones a partir del cálculo de un modo tan amoral que sorprendería al propio Nietzche. Cuando la norma es la producción cognitiva, el ocio improductivo es una transgresión (casi impensable). Traté de hackear el mandato optimizador, pero estoy terminando un artículo sobre Monique Wittig sobre las palabras y los silencios. Intenté dormir más horas que de costumbre, pero la incertidumbre y el insomnio me devolvieron al trabajo frente a la pantalla. Dulces ironías de la cuarentena.

¿Qué sientes que hace el feminismo o el transfeminismo en éste momento por vos, por todes?

Los feminismos me enseñaron que en las situaciones excepcionales de conflicto explícito, cuando se intensifican los relatos masculinistas de la guerra, se invisibilizan las violencias permanentes que se traman en el cotidiano de lesbianas, mujeres, travestis, trans y no binaries. Creo que hoy, mientras las perspectivas tradicionales de la política y el pensamiento debaten estérilmente qué es lo que ocurre (en estos días leímos un debate europeo y bastante senil al respecto), los feminismos se están ocupando de las políticas del cuidado, tanto como de prestar atención a los riesgos del despliegue de violencias en las calles bajo el discurso de la seguridad. Ocuparse de los afectos, de la supervivencia, de lo frágil, pensar modos a veces estrambóticos para “estar presentes”… Un extenso linaje de antepasadxs feministas (brujas, guerrilleras, hacedoras, cuidadoras y portadoras de fábulas) me enseñaron todo lo que sé sobre los temporales y los refugios.

Trata de poner en palabras que gestualidades y sensaciones te ha generado y te está generando lo que va de esta cuarentena…

Al principio los gestos eran los del asombro: las cejas en alto, la boca hacia un costado, el trajín de preparar la casa para una cuarentena, bolsas, alcoholes, la nariz fruncida por el olor de la lavandina. Me puse un barbijo para ir a la verdulería y me sentí ridícula. Me reí bastante de la mutación de las rutinas, especialmente cuando me dí cuenta que mis hábitos eran exactamente todos los contraindicados para situaciones como estas… Cuando ví fotos de las fuerzas de seguridad y camiones blancos con cruces rojas sentí un enorme desasosiego y temor. Al comienzo fue vértigo, pero con el correr de los días apareció la desaceleración, la lentitud, el dar vueltas por los mismos lugares del lugar que habito… Las sensaciones que me atraviesan hoy están mezcladas, la expectativa, la necesidad de forjar el temple, el deseo de abrazo, la incertidumbre y la percepción de una potencia gestándose.

¿Qué piensas de la relación que tiene el escribir o leer, generalmente encerrade o en soledad, y la cuarentena?

Hay un punto en el que siempre estuve sola en el leer y el escribir, una soledad ante una comunidad invisible, pero ocurre que en estos días esas prácticas (inclusive ahora mismo cuando tipeo esto) parecen estar más hacia ese afuera que de costumbre. Lispector decía que escribía “para salvarse”, siento que hoy lo hago para que el silencio sea más leve.

¿Por qué es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo?

Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo porque el capitalismo se presenta a sí mismo como el fin del mundo. Siempre dijo de sí mismo que era la alternativa final, que era un apocalipsis suave y tolerable, que la tierra prometida por todas las otras tradiciones políticas (comunismos, socialismos, anarquismos) era hermosa pero imposible. Soy el Apocalipsis que pueden tolerar. De hecho, está ocurriéndonos algo potente e inquietante: todo lo que pensamos alrededor del Coronavirus como si fuera para evitar el fin del mundo (que es un punto es el final de la propia vida) son en realidad medidas que optimizan y refrescan al capitalismo. Una gran experimentación social donde respondemos prácticamente las preguntas que optimizarán al sistema: ¿Cuánta virtualización soporta un cuerpo? ¿Qué vidas pueden ser expuestas a la intemperie y qué vidas deben ser protegidas e inmovilizadas? ¿Cuánta violencia estatal se requiere para garantizar esa nueva distribución de los cuerpos? ¿De qué modo las empresas privadas de la información social -Facebook, Instagram, Twitter, etc- pueden capitalizar el hecho de que la mayor parte de la vida colectiva quede en sus manos?

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