Poetas argentinas 1961-1980, selección y prólogo de Andy Nachon.

José Lezama Lima tenía fe en el poder de la poesía. Creía que a través de la palabra el ser humano se comunicaba y se fundía con el universo hasta trascenderse a sí mismo. Una metáfora no era, para él, un acierto expresivo; era un medio de conocer lo que vincula íntimamente a todas las cosas y lo que, de algún modo, nos da un destino. Algunas poetas de esta antología indudablemente sintieron la misma fe. A veces tengo la impresión de que, paradójicamente, una vez que adquirimos conciencia de nosotros mismos y de lo que nos rodea (esa vastedad que llamamos universo), lo primero que sentimos es que todo está, digamos, desordenado, angustiosamente desordenado. Hay quienes olvidan esa sensación y se someten a un falso orden; hay quienes no: esos son los poetas. La poesía acaso consista en encontrar el verdadero orden de las cosas, o por lo menos otro orden acorde a nuestras almas. Todo esto me lo sugirieron unos versos de Gabriela Saccone que, como Lezama Lima, tenía fe en que el universo se puede conocer y se puede nombrar.

Como este largo sendero hacia la nada, como este largo, largo sendero,

busco eso que vuelva las cosas a su lugar:

alegrarme de estas pocas hojas verdes

de estar bajo y cerca del cielo

en un camino de montaña,

de la frescura de un río donde las nenas

se mojen los pies, reconociendo

formas y colores en las piedras

leemos en un poema de su libro Medio cumpleaños.

Borges conjetura en el prólogo a su libro de poemas La rosa profunda que “la palabra habría sido en el principio un símbolo mágico, que la usura del tiempo desgastaría. La misión del poeta sería restituir a la palabra, siquiera de un modo parcial, su primitiva y ahora oculta virtud”. Esto es lo que sentí al leer muchos de estos poemas. Por ejemplo, en el de Sandra Cornejo, Dolor primario, en el que el adjetivo ´primario´ remite a la institución educativa, que es la primera burocracia con que se enfrenta un ser humano, y al dolor originario de la poeta, quien cuenta a través de la evolución de ese adjetivo cuán lejos están las instituciones educativas de comprender el alma de una niña. Tal es el caso también de otro de sus poemas, Todo lo perdido reaparece, en el que todo lo que está oculto en el falso orden del mundo, todo lo que olvidamos y que somos, todo lo que configura ese otro orden de nuestras almas, es recuperado.  

Somos una inmensa diversidad de seres que piensan y sienten distinto. El lenguaje cotidiano es increíblemente precario frente a esta realidad. La poesía es la conversión de ese pobre lenguaje en una diversidad de lenguajes que sí nos comunican. “Y yo pensé que tal vez la poesía sirve para esto, para que en una noche lluviosa y helada alguien vea escrito en unas líneas su confusión inenarrable y su dolor”, escribió Pizarnik. El criterio que reúne a las poetas de esta antología, que es meramente cronológico, deja afuera a Pizarnik, pero incluye a muchas otras poetas que acaso ignorábamos. Yo no conocía a Gabriela de Sicco, por ejemplo, que escribió el poema “Euforia”, donde los temas que vertebran esta reseña son patentes; vale la pena su entera transcripción:

“Termino cayendo, siempre

al llano donde ni la visión

de un colibrí puede saciarme.

¿Cuál es el vacío en el vacío

si todo está en orden y hablo

de plenitud? ¿Cuál es el vértigo

 perseguido si me pierdo en alud

 tras la caída?

 Dónde, debería preguntarme,

 queda mi resistencia a lo cotidiano,

 mi extrañeza ante los días:

 puros días de brillo”. 

Si me preguntaran qué le da valor a un libro de poemas, creo que contestaría cuánto renueva el valor de la palabra. Esta antología lo renueva en gran medida. Tal vez la palabra poética sea un objeto con el que intentamos recuperar una felicidad perdida. Tal vez la palabra sea la ilusión con que suplimos esa pérdida. Este libro es algo así como una aventura a través de un tiempo creado por la palabra. Si el lector quiere vivirlo así, puede empezar por el poema Río Ipoh, de Bárbara Belloc, en el que esta perspectiva se hace tristemente visible:

“no entramos dos veces en el mismo río

No nacemos dos veces bajo la misma forma

No conocemos

Nada en verdad. El río se va

Pero antes nos deja:

La ilusión de haber leído

En el impulso del agua, una palabra

Suya

(o

Nuestra)”

Una forma de comunicación exitosa, una forma de trascendencia, una magia que devuelve el nombre a las cosas, el tiempo creado por la palabra después de una felicidad perdida: ninguno de estos atributos de la poesía falta en este libro. La compiladora se lamenta en el prólogo de no haber podido incluir todo lo que merecía ser incluido. Aunque en el fondo, como se trasluce en sus palabras, es feliz de haber contribuido a revelar el talento poético de las poetas de esta antología. Nosotros también celebramos el hecho: con ello se ha logrado publicar una nueva multiplicidad de perspectivas sobre el mundo.

Heidegger pensaba que el tiempo es el horizonte del ser y que el lenguaje es nuestra casa. Quizá las palabras tengan finalmente solo una función: revelar la sustancia del tiempo. Pero, ¿qué es o de qué está hecha la sustancia del tiempo? Adentrarse en esta antología de poetas argentinas es una respuesta posible a esa pregunta.

Poetas argentinas 1961-1980, selección y prólogo de Andy Nachon ediciones Del dock; 310 páginas

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