Poemas para no ir a trabajar, Fernando Aita

La historia del trabajo es la historia de la humanidad. Se reeditó hace un tiempo un libro titulado “Poemas para no ir a trabajar”, que se compone de 28 pretextos que eximen a un ser humano de la penosa carga de asistir al trabajo. El contexto de ese anhelo de libertad y su historia, arrojan luz sobre la significación última de los poemas.

El trabajo parece haber sido siempre una penosa carga. Las condiciones de esa carga han sido impuestas, primero, por la naturaleza, y luego por las sociedades. Recoger frutos y cazar animales fue la primera forma de esa carga, la primera forma que cobró el esfuerzo por vivir; quién sabe si entonces alguien se preguntó por la razón de ese esfuerzo; probablemente nadie se haya preguntado por su fin. En el libro que reseñamos, el fin del trabajo (y hoy estamos aproximadamente a diez mil años de aquel momento) no existe, y su exigencia no es otra cosa que una desdicha cotidiana de la que el yo poético se evade exitosamente.

El trabajo, originariamente, fue una pesada carga que todos compartieron. Cuando sucedió la división de la comunidad en clases, sobrevino el hecho capital de la historia: el ejercicio del poder. El carácter complejo que cobraron las sociedades ocultaba (y sigue ocultando) este hecho; la división de tareas, el derecho, la religión, el desarrollo del conocimiento, la sexualidad, cobraron el aspecto de un orden social necesario, que subterráneamente habilitó ese ejercicio. A partir de entonces la historia cobró muchas formas, pero todas compartieron ese rasgo esencial: el ejercicio del poder de unos seres humanos sobre otros. El trabajo ha sido, en todas estas formas, uno de los objetos centrales de ese poder. En estas condiciones, que van desde la antigüedad hasta las más sofisticadas formas del capitalismo, todo sueño de felicidad es ajeno al trabajo. El libro Poemas para no ir a trabajar es una consecuencia de este hecho y de esta historia.  

Así, los poemas que componen el libro esconden con humor la felicidad de no asistir al trabajo. Cada uno de ellos encierra los motivos de las personas que viven o que quieren vivir (y que se identifican con el yo poético, acto primigenio y esencial de la poesía y de la lectura), y el lector entiende que estos motivos son enemigos del trabajo. Un amor, una fiesta, un diluvio, la donación de sangre, el estudio, la dignidad de una huelga, la enfermedad, un acto solidario, una muerte, un poema, son excusas y motivos de una vida que se resiste a la alienación.

La alienación: este es el problema del libro, el problema que lo originó. El trabajo, en sí mismo, no es alienante; lo es cuando se convierte en el instrumento de quienes ejercen un poder. En estos 28 poemas, lo que hace el yo poético es liberarse de un poder que usa su trabajo y su vida. De ahí que la felicidad sea no ir a trabajar. Ahora bien, el libro es una reivindicación de la vida en oposición al trabajo. Este pequeño texto quiere mostrar el origen de esa oposición, y también des-hacerla.

Si olvidamos por un momento el trabajo tal como lo conocemos, es decir, como la penosa carga que nos impone un poder extraño (o sea, si olvidamos por un momento siglos de historia) nos quedaremos ante el hecho primigenio, elemental, del trabajo como ejercicio de nuestra energía para vivir. Este hecho, acaso la única realidad indudable y la primera que nos impuso el universo, es un hecho capital que todo ser humano debe enfrentar.  Si el ejercicio de esa energía no se somete (como se repitió a lo largo de la historia) al ejercicio de un poder opresor, el trabajo no se convierte en una actividad alienante. Pero para hacer visible esta situación (que es el trasfondo permanente de nuestros días y de nuestros minutos y de nuestros segundos) se necesita una conciencia de las relaciones objetivas que rigen a diario nuestras engañadas subjetividades.

A estas subjetividades suelen sucederle lo que al yo poético del libro: quieren liberarse de la carga del trabajo, que aplasta sus deseos y sus ilusiones, y el único movimiento que encuentran para hacerlo es la negación del trabajo en general, no la negación del trabajo en su contexto, que es el contexto de opresión y de alienación descrito. El valor del libro reside en mostrar que el trabajo en este contexto y la felicidad son incompatibles. El problema es que el trabajo no es una elección, es parte esencial de la condición humana. Del trabajo tal como lo conocemos, uno se libera momentáneamente, como en este libro, ausentándose con un pretexto, o bien se libera de manera permanente siendo rico o al menos siendo poseedor de una riqueza que le permite tener el trabajo de los otros. La única solución posible para que la humanidad no quede dividida entre los que quieren gozar de ser humanos (y que, paradójicamente, no lo son) y los que intentan serlo agotados fuera del trabajo, es que el trabajo sea asumido de otra manera.

La historia, aparentemente, es un progreso. La conciencia, sin embargo, nos impide aceptar esta afirmación. El problema más antiguo de la cultura, el del ejercicio del poder, sigue plenamente vigente; más aun, se complejizó de manera monstruosa con todos los productos del desarrollo de nuestra inteligencia, tanto tecnológicos como intelectuales. Este libro testimonia que el hecho básico, primigenio de la vida humana, que habilita uno de los peores rasgos del antiguo problema del ejercicio del poder, sigue, no solo sin solución, sino sin perspectivas de solución en nuestra conciencia. Pero algún día el trabajo será asumido colectivamente, y no será usado para crear poderes y riquezas que deshumanizan. Ese día el fin del trabajo será entendido por todos, quedará desasociado de la desdicha, y todos recuperaremos el sentido comunitario del trabajo y de la vida. Ese día acaso el autor de este libro escribirá otro intitulado Poemas para ir a trabajar. Ese día los libros serán otros, y también la humanidad. 

Poemas para no ir a trabajar, Fernando Aita; Editorial La Libre; $200

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