Entrevista a Andrés Beláustegui, editor de Compañía Naviera Ilimitada

Este mes nos subimos al bardo literario de Compañía Naviera Ilimitada. El sello argentino publica principalmente narrativa, cuento y novela, de autores locales y traducciones, que hablan de la naturaleza, la ciudad o la vida misma. Algo tienen en común: todos son libros extraordinarios para lectores curiosos y exigentes. Con cada publicación iluminan distintas partes de la literatura. Charlamos con Andrés Beláustegui, editor, para conocer más sobre cómo trabajan hacia adentro de esta fantástica editorial independiente argentina.

Sobre los inicios de la editorial, ¿Cómo surgió el proyecto y su nombre?

La editorial surgió un poco de la mezcla entre entusiasmo, obsesión y cierta inconsciencia. Hacía más de veinte años que trabajaba en el medio, ya había tenido experiencias anteriores de un proyecto propio y junto a Claudia Arce, la editora de Naviera, queríamos volver a encarar esta aventura.

El nombre surge por un juego con varias cosas. Lo primero fue la idea de la palabra Naviera, nos gustaban las analogías que se pueden hacer con los barcos: conectar puntos distantes, conectar culturas diferentes, llevar cosas de un lado a otro. También nos gustó la idea de Compañía Naviera porque tenía algo de anacrónico y cierto espíritu de aventura desmesurada. Y el Ilimitada surgió con humor, para completar la idea de algo abierto, ambicioso y diverso.

Además, el nombre terminó de tomar forma en base a una referencia editorial y una literaria. En la década del 60 existió una editorial que fue clave en la historia editorial argentina. Su época de oro ocurrió entre 1958 y 1962 bajo la dirección de Jacobo Muchnik, publicando obras fundamentales de la literatura, el ensayo y el arte. Su nombre completo era Compañía General Fabril Editora.

Y la referencia literaria viene de una novela de un autor que nos gusta mucho: J.G. Ballard. La novela maravillosamente se llama: Compañía de sueños ilimitada.

¿Cómo deciden lo que publican en Cía. Naviera Ilimitada?

De forma muy caótica. Leemos originales, buscamos en catálogos de editoriales de afuera, hablamos con amigos, escuchamos comentarios dispersos… En resumen, estamos con el radar encendido para que algo nos llame la atención. Elegimos los libros a partir del entusiasmo, un entusiasmo que puede tomar diferentes formas: a partir de la buena escritura, la propuesta estética, la reflexión que tenga sobre el mundo, la capacidad de iluminar ideas no tan transitadas…

Siempre a la hora de decidir qué publicar, también pensamos desde el comienzo cómo podemos comunicarlo para que un lector contemporáneo también se entusiasme tanto como nosotros.

¿Cuáles son sus novedades del 2026?

Acabamos de publicar Moradas. Una historia espiritual del mundo viviente, de Linda Hogan, escritora de origen chickasaw. Es un libro muy difícil de clasificar y justamente ahí está parte de su encanto. Mezcla ensayo, autobiografía, observación de la naturaleza y reflexión espiritual para proponer una manera distinta de pensar nuestra relación con el mundo vivo. En un momento donde la crisis ambiental nos obliga a repensar muchas cosas, me parece un libro especialmente valioso porque cuestiona la separación entre humanidad y naturaleza sin caer en el panfleto ni en la teoría. Lo hace desde una escritura muy sensible, atenta y luminosa.

En agosto vamos a publicar Tuve días peores, de Guido Herzovich. El libro parte del archivo personal de Leopoldo Brizuela (sus diarios, cartas y manuscritos), pero termina convirtiéndose en algo mucho más amplio. Es una reflexión sobre la literatura, el duelo, la amistad y las formas en que una vida continúa en la memoria de los otros. Es un proyecto muy ambicioso, construido a partir de múltiples voces, que intenta responder una pregunta sencilla y difícil a la vez: qué queda de una persona después de su muerte y de qué maneras sigue viviendo en los demás.

Y para la segunda mitad del año seguramente lleguemos con una sorpresa. Pero todavía no podemos contarla.

¿Qué importancia tienen para ustedes las librerías de barrio?

Son fundamentales. No solo porque sostienen buena parte de la circulación real de las editoriales independientes, sino porque muchas veces funcionan como espacios de recomendación, conversación y formación de lectores. En una época donde todo tiende a volverse algoritmo y velocidad, las librerías de barrio todavía conservan algo muy humano: alguien que leyó un libro y te dice “llevate este”. Para nosotros eso sigue siendo irremplazable. Crear comunidad real y física hoy es casi revolucionario.

¿Cómo ven el futuro de los libros y la lectura?

Creo que convivimos todo el tiempo con discursos bastante apocalípticos sobre la lectura y, sin embargo, los libros siguen ahí. Cambian los modos de circulación, cambian los hábitos y la atención, pero la necesidad de las historias y de ciertos espacios de concentración sigue existiendo. Creo que el futuro del libro y la lectura está garantizado, aunque pueda ser más pequeño o fragmentado, también puede ser más intenso y más comunitario. Me parece que las editoriales y librerías independientes tenemos un rol importante ahí: construir catálogos con identidad y comunidades de lectores reales alrededor de ellos.

Entrevista realizada por Anshi Moran

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