Reseñas Breves #17

Esta vez es el turno de “Quién dijo que era fácil” de Audre Lorde, editado por Zindo y Gafuri.

Uno de los primeros rasgos que noté en este libro de poemas de Audre Lorde es la fuerte presencia del otro. Últimamente, abundan poetas que gustan hablar de sí, de los detalles de su cotidianidad, de las esperanzas y de las desilusiones de su ego. Al leer a Lorde, al sentir su contraste, recuperé esa forma de felicidad que puede ser la poesía.

La literatura es una forma de acceso a la realidad. Lorde parece querer decirnos a través de sus poemas que la realidad está hecha de relaciones, que las cosas son lo que son en base a sus relaciones. Parece querer decirnos que nadie puede pensarse sino en relación a los otros. 

Cada poema de Lorde es una manera de entender los vínculos. Una de las operaciones fundamentales de la literatura es la de modificar la percepción de lo real; es un acierto que Lorde centrara esa operación en la manera en que entendemos nuestros vínculos.

La conciencia es una forma de existir difícil y misteriosa. Puede ser de muchas maneras, que por lo general nos engañan. La de Lorde parece no engañarse y parece haber sido trabajada por una sólida voluntad. Esta conciencia y esta voluntad son, me parece, el origen de sus poemas. 

Poder ver nuestras relaciones desde una conciencia que no se engaña tal vez equivalga a conocer todo lo que podemos conocer de este mundo y debe de ser la única forma real que tenemos de transformar nuestras vidas. En este sentido, y si esto es así, la poesía de Lorde contribuye en gran medida a ambas cosas.

Podríamos preguntarnos por qué en los poemas de Lorde la presencia del otro es tan intensa. Esa pregunta puede responderse con otra pregunta: ¿No es la poesía un diálogo perdido que se quiere recuperar? Me parece que la virtud y el valor de los poemas de Lorde residen en esa hipótesis desde la cual parece escribir. Este es uno de los eficaces resultados de esa hipótesis: “Si te acercás tranquilamente / como el viento entre los árboles / podrás escuchar lo que escucho / ver lo que la melancolía ve (…) Pero podremos sentarnos tranquilas acá / bajo dos años diferentes / y la rica tierra entre nosotras / beberá nuestras lágrimas”.

Cuando en el poema que leemos no hay un otro explícito, el lector siente sin embargo que el poema intenta también ser un diálogo. Es que no hay poema de Lorde que no intente serlo, si no con alguien nombrado, con el mismo lector.

Efectivamente, la poesía de Lorde puede ser entendida como un diálogo con su memoria, con sus lectores, con lo que han hecho de ella, con lo que ella hizo de lo que han hecho de ella, con los que han hecho de ella lo que ella transformó.

También podríamos entender su poesía como una poesía de la identidad. Decimos también, pero el diálogo es uno de los elementos, y acaso el fundamental, con que la identidad se construye. Leamos estos versos del poema Señorita:

Una vez fui inmortal

al lado de un océano

teniendo los nombres de la noche

y vinieron los primeros hombres

en trineos de fuego

conduciendo el sol

(…)

El tiempo llevó a la luna

hacia el cuarto creciente

y me encontraron

mortal

al lado de un cráter lunar

susurrando

los nombres oceánicos de la noche.

Leamos, ahora, estos del poema Origen:

¿Es esto un nacimiento                               o un exorcismo?

O los primeros engranajes del ser

Delineando, recordando

El mandato de mi padre

Lo que debo ser

Y ocupándome de mi propio

Mandato.

Tendré que separarme                                o cortarme

Por la forma o la falta de

Forma de la palabra

Y en qué dirección

Se hará el corte

Para mostrar mi verdadero rostro

Que yace expuesto y unido.

Mis hijos                             tus hijos

Sus hijos

Todos inclinados

Ante nuestro mandato común.

Esta poesía puede ser el intento de recuperar un diálogo perdido, o, también, el intento de recuperar una identidad perdida. O, mejor aun, esta poesía puede ser un diálogo que se crea para fundar una nueva identidad. Por lo menos, esa es la impresión que me dejan estos poemas. Por lo demás, esto que decimos es algo que Lorde ya sabía. Uno de sus ensayos de La hermana, la extranjera se titula “La poesía no es un lujo”; uno de sus libros, autobiográfico, se llama “Otra manera de nombrarme”. 

Ahora bien, hasta aquí descubrimos en la poesía de Lorde la forma de un diálogo y la forma de una identidad. Estos pasos conscientes que da Lorde a través de sus poemas, son inconscientes pasos que todos damos y que también nos configuran. El siguiente paso que da Lorde, que en nuestro mundo directamente está perdido, es el de descubrir en la identidad y en el diálogo la ideología de toda una sociedad y de toda una época. Por ello, finalmente, los poemas de este libro tienen un giro que le da a su conjunto una forma colectiva. Luego de unos cuantos versos que buscan al otro e indagan el propio espíritu, encontramos poemas explícitamente sociales (todo poema, implícita o explícitamente, lo es), en los que la mujer negra y su comunidad se vuelven protagonistas de la historia. Inevitable y felizmente, se promueve una revolución. El sentido de esa revolución se expandiría cada vez más si todos indagáramos nuestras raíces culturales y el sentido heredado de nuestros actos; si todos, en definitiva, hiciéramos el mismo camino que Lorde trazó con su poesía. He aquí, querido lector, el sentido de promover este libro.

Martin Machione

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Quién dijo que era fácil; Audre Lorde; editorial Zindo y Gafuri; 101 páginas; $ 320.

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